13 mar. 2016

Blogs Colaboradores: El principio del fin (1 de 4)


¡Buenos días por aquí! 
Hace unos días vi en el blog Katherina´s Thoughts la iniciativa Blogs Colaboradores (Yo leo, Yo escribo). Me resultó bastante interesante, un reto para mejorar la escritura y digo "reto" porque se supone que hay un mínimo de palabras y ese es el mayor reto para mí, pues me empiezo a enrollar y no suelo calcular bien la extensión de los escritos. 
Este mes el tema elegido es la "supervivencia", junto con un par de elementos comunes que sí o sí tienen que estar en nuestros relatos. A ver que tal me sale este el primer mes que participo junto a mi colaboradora Naira Shair del blog Daydream Syndrome quien será la que tenga que leer y reseñar mi historia. 
Y, pues aquí os dejo con el primer capítulo de la historia, que como podéis ver no tiene ni portada y el título es provisional. 

¡Empecemos!





Mi nombre es Lyra, claro que tú no tenías de qué forma saber eso, ¿verdad? Yo antes era una adolescente normal, mi mayor preocupación era terminar con la suficiente nota el último año de instituto para que me admitiesen en la universidad de arte, salir con mis amigos y hablar con mi mejor amiga sobre esos chico/chica que nos gustaba. Vamos lo normal que hace cualquier chica de mi edad. 
Nunca se me ocurrió la idea de escribir un diario, por eso es que tú y yo no nos conocíamos hasta ahora, por eso no tenías por qué saber mi nombre, pero... si ahora mismo no te escribo estas palabras, ya me dirás con quién más puedo hablar. Por lo que antes de empezar a delirar por la necesidad de comunicarme con alguna otra persona, mejor hacerlo contigo, ¿verdad? O al menos, si corro el mismo destino que todos a lo que una vez conocí, confío en que alguien te encuentre algún día y al leerte pueda saber que una vez existió una forma de vida anterior a él o ella, y como comenzó toda esta pesadilla...

Hace tres semanas...

Viernes por la tarde, ese día tan esperado por todos y que da comienzo a un fin de semana de descanso con los estudios, trabajo, reuniones...

A mis diecisiete años, era una estudiante promedio de último curso del Instituto Williamsburg, por lo que llevaba pasada la mayor parte de la tarde de aquel viernes terminando de preparar algunos de mis exámenes finales en la biblioteca del mismo, hasta que el conserje avisó de que era hora de cerrar las puertas. Regresaba a casa, a las afueras de la pequeña población de Walla, en el estado de Washington, dónde vivía con mi madre, después de que, hacía ya un par de años, mi padre nos dejara tras sufrir un fatídico accidente de avión, cuando regresaba a casa de su misión en Afganistán por mi décimo quinto cumpleaños. 

Era algo tarde ya, y el cielo había oscurecido notablemente al dejar paso el sol a la luna en él. No me gustaba caminar sola a esas horas tan avanzadas de la tarde, menos por esas calles, por lo qué, aceleré mis pasos subiendo más el volumen de mi IPod, para así alejar cualquier ruido y me distrajera de las tenebrosas sombras que la luz de las farolas recreaban sobre las paredes de ladrillo rojizo de los edificios en mi camino. 

De pronto, una sensación de ser seguida por alguien me invadió. Sin detener ni aminorar mis pasos, giré un poco mi cabeza sobre mi hombro, pero no vi a nadie, ni sospechoso ni normal, simplemente no parecía haber nadie tras de mí, aún cuando dicha sensación no desapareció. 

Apagué el Ipod para tener más control auditivo de lo que pasaba a mi alrededor y poco a poco aligeré más mis pasos hasta echar a correr calle abajo. Estaba ya sin aliento. Me detuve al llegar al callejón tras el restaurante, el cual reconocí de haber estado cenando con mi madre en unas cuantas ocasiones donde celebrábamos algún acontecimiento especial que quisiéramos recordar. 

Era una callejón sin salida, por lo qué, lo primero que pensé es que si entraba ahí probablemente lo tuviera más difícil en el caso de que, quién quisiera que me persiguiera, me siguiera hasta el interior del mismo. Aún así, cabía la posibilidad también, de qué, si me escondía bien tras los mugrosos cubos de basura que ahí se tiraba, podía tener una buena oportunidad de distraer al perseguidor y que pasara de largo, sin ni siquiera reparar en el callejón. 

Y así lo hice. 

Me encontraba agachada en posición de cuclillas tras un par de apestosos cubos de basura. Seguro que aquella noche el restaurante había servido pescado como ingrediente principal en su menú o había pasado demasiado tiempo desde que el basurero se había dado una vuelta por allí, porque el olor que desprendía el lugar me estaba empezando a marear. 

Saqué mi teléfono móvil y después de ponerlo en modo silencio para evitar sobresaltos y dar pistas a quien no debía, busqué en la agenda algún número a quién poder llamar para que acudiera en mi ayuda. Pero... ¿a quién?

Desde hacía dos meses que mi grupo de amigos se había visto dividido considerablemente. En parte había sido mi culpa. Lo sabía. Era consciente de ello. Pero no lo pude evitar y el alcohol tampoco ayudó...

Nos encontrábamos en la fiesta que daba una de mis, por entonces, mejores amigas, Amanda, por su décimo quinto cumpleaños y pues... el alcohol y la adrenalina del momento hicieron que diera un paso más allá de la amistad con, precisamente ella. Un paso que si bien hacía tiempo me moría por dar, al hacerlo solo me supuso saber algo que en condiciones normales y sin intoxicar, ya sabía.  Qué aquel beso había sido un error. Qué mi mejor amiga no sentía lo mismo que yo. Pero lo que nunca me imaginé fue lo que vino después.... A Amanda, no solo haciéndome el vacío, si no metiéndose conmigo, humillándome públicamente e intentando poner a todo el instituto en mi contra con aquel vídeo editado en Youtube. 
Claro, lo consiguió con muchos, aunque hubo otros que se quedaron a mi lado, como Brooke o Dani, que hicieron lo que Amanda tendría que haber hecho si hubiera sido de verdad tan amiga mía como se hacía llamar, apoyarme pese a todo. Al fin y al cabo, soy humana, también me equivoco, ¿verdad? 

Pero desgraciadamente, las cosas no siempre pasan tal y como esperamos. 

Así que, aquí estaba, en un apestoso callejón oscuro, siendo perseguida por quién sabía que psicópata, violador, ladrón o asesino, y con una limitada lista de contactos para llamar y pedir ayuda. Decidí llamar a Dani, pues Brooke había salido de viaje aquella misma tarde con sus padres para pasar el fin de semana en casa de sus abuelos. Pero, con mi dedo en la tecla de llamada, justo antes de apretar y llamar a mi amigo, algo a unos metros de mí, captó mi atención. 

Entrecerré mis ojos levemente para acostumbrar mi visión a la oscuridad del lugar y pude ver una pequeña y algo vieja caja de madera tallada. A simple vista, bien la podría haber confundido como algo parte de la basura desperdigada a mi alrededor, pero pude distinguir algo especial en ella. Estiré mi brazo hasta alcanzarla y la dejé sobre mi regazo, observándola con atención. 

Más de cerca, no parecía nada especial. Quizá un recuerdo familiar de alguien, un trasto viejo ya inservible que sus dueños habían desechado sin más. Empecé a imaginar, como a veces hacía, pasando las yemas de mis dedos por aquellas formas talladas en relieve en la madera, a quién o quienes podía haber pertenecido. 

Una parte de mí, como si del típico angelito bueno que tomaba forma de conciencia en los dibujos animados se tratara, me decía que no la abriera, que algo de lo que iba a encontrar en el interior no iba a gustarme o fuera a ser peligroso y algo malo fuera a pasar. 

Por otro lado, estaba la parte de mi curiosidad. El típico diablillo rojo con su pequeña horca sujeta a sus manos, apareciendo en mi hombro contrario, repitiéndome una y otra vez que la abriera, que tan solo era una vieja caja y que posiblemente, tan solo iba a encontrar algunas fotografías y recuerdos viejos contando un pedazo de historia de algún antepasado de alguno de los vecinos de Walla. 

Nada más lejos de la realidad...

No sabía que hacer... ¿Abrirla o dejarla dónde la había encontrado? Parecía un dilema fácil de resolver...

Al final, después de mucho pensarlo y para desgracia de la humanidad, ganó mi curiosidad, el diablillo en mi hombro izquierdo se salió con la suya y...

Abrí la caja.


«Continuará»

3 comentarios:

  1. Encantada con la iniciativa a la que te has sumado. ¡Es una muy buena idea! Por cierto, te he mandado un correo para una posible colaboración. ¡Espero tu respuesta!
    Sigue escribiendo! Yo también soy muy mala en cuanto a calcular el número de palabras, yo voy a mi bola.
    ¡Un abrazo guapa!

    ResponderEliminar
  2. ¡Hola!
    Parece que el numero de palabras es un problema para todos, a mi tambien me ha costado ajustar las historias al limite cuando he escrito.

    Y, bueno... se ve interesante. Como no me dices que hay en la caja que causa tanto problema, no puedo decir mucho mas...
    Eso si, no entiendo porque separaste el texto, poniendo los primeros parrafos en cursiva y despues el "tres semanas antes", que en mi opinion queda feo y lo corta todo. Se supone que esta escribiendo todo eso en su diario, no? entonces podrias solo haberlo integrado al texto y hacerlo mas fluido: "...y como comenzó toda esta pesadilla.
    Hace tres semnas..."

    ResponderEliminar
  3. ¿En donde leo la siguiente parte? me gusto mucho :)

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